LA VAGINA NO MUERDE.

Hola mi querido lector, te llamo así imaginando que haya alguien del otro lado  dedicando un poco de tiempo a leer ésta historia que se suma a la de muchas, haciendo eco, esperando encontrar su sitio.

Cuando tenía alrededor de nueve años le pregunté a mi madre sobre mi nacimiento y su respuesta fue el primer contacto consciente con un mundo que me marginaría emocional e intelectualmente, fue el descalabre emocional que marcaría mi infancia, llena de pobreza y olvido.

Después de parir siete varones, mi madre estaba convencida de que no podía dar a luz a una mujer, así que cuando el médico le repitió “es una niña” una y otra vez, ella veía caer su récord impecable, su don perdido. Una niña le había quitado el orgullo de ser una maquina de perfectos varoncitos. Tras mi llegada, mi madre se resistió por varios días a cambiarme los pañales, incrédula aún ante mi sexo. Para su mala suerte un día ni mi padre ni hermanos mayores estaban disponibles para cambiarme, y mi llanto constante la obligó a tomar valor y asearme. Fui así que me contó, con una naturalidad impresionante, que al cambiarme por primera vez pensó: “¡Qué feas y sucias somos las mujeres!”. Sin duda su expresión de asco y vergüenza al relatarme la experiencia me mostró las condiciones con las que yo habitaba este mundo, su mundo, su familia. Ella actuaba como una reina desbancada por una niña que le robaba la atención de sus hijos y marido.

Después de mí, el útero de mi madre formó otro hombre, al que le siguieron dos mujeres más. Conformando una familia de once entre hijos y padres. Once seres confinados para amarse y crecer en un cuarto de 4 x 4, en la vecindad de un barrio de la Ciudad de México.

Para cuando mis hermanas crecieron yo ya había tenido que descubrir sola que las bolas en mi pecho no eran tumores, sino senos nacientes que pasaron por la mano de todos mis hermanos que se reían de mi sorpresa, que mi periodo era el asco mensual de lavar trapos ensangrentados y que mi vagina era ese hueco oscuro y sucio que me obligaba a servir, lavar, cocinar y callar.

Cuando me tocó ser madre me negué a repetir la historia y desee una niña con todas mis fuerzas y la recibí con agrado. La primera vez que la vi en flor, me dolió entender lo que mi madre había dicho, vi delicadeza, pero también vi complicaciones, pliegues y pliegues conformando un espacio vacío. Durante mucho tiempo he vivido ahí entre el deseo de no repetir la historia, de no rechazar mi sexo y la educación de mi madre, sus palabras que a veces me hacen traicionarme, entendiendo o tratando de entender.

Ahora ya como una mujer hecha y derecha, me digo, pobre madre mía; pensar en los mensajes que habría recibido durante su tierna infancia, y a lo largo de su vida, como para verse reflejada de esa manera en mi.

Considerando la época en que  nació mi mamá (1924),  su formación y su posición; no podría esperar algo diferente supongo. pues siempre la he considerado Machista, ya que crecí con dichos como, “El hombre es hombre aquí y en china”,”Dios y Hombre” “Agarren sus pollas que mis gallos andan sueltos” Dándole gran importancia a su palabra, capacidades,acciones, y decisiones sólo por ser hombres.

Mi madre desconocía que cada uno de nosotros somos  seres únicos, irrepetibles e insustituibles y así como nuestros rasgos y características físicas son personales, así lo son nuestros órganos sexuales.

“En uno de sus artículos científicos Miranda Fragate, detalla como la morfología y la fisiología de la vulva ( órganos sexuales femeninos externos) y la vagina (el conducto membranoso que va de la vulva a la Matriz) se altera con los años en respuesta a los procesos hormonales que acompañan a cada etapa” los cambios importantes están relacionados con la pubertad, la menstruación, el embarazo y la menopausia”

“La vagina no muerde” avisa Virginia Johonson pionera en terapia Sexual moderna.